Los zapatos siempre limpios

Llegó nuevo al colegio en 1º de ESO y enseguida llamó mi atención. Los zapatos relucientes, como si antes de salir de casa el más hábil de los limpiabotas los hubiese lustrado, el uniforme impecable como si lo acabasen de recoger de la tintorería, y un corte de pelo digno de un príncipe.

El mismo día que empezaron las clases, una mujer mayor lo esperaba en la puerta de salida con una mezcla de ilusión y temor. Cuando apareció, lo abrazó, mientras él intentaba zafarse de ese abrazo porque en Secundaria no se dan abrazos públicos. Ella lo revisó de arriba a abajo,colocándole el cuello del polo que se había metido bajo la sudadera y echándole el pelo para atrás. Él se sentía extraño, entre un querer y un no querer esas muestras de afecto que su abuela le daba. Porque esa mujer mayor era su abuela, con la que él vivía.

Cuando alguien vive con su abuela y no con sus padres, se pueden presuponer circunstancias difíciles o al menos muy diferentes al resto de compañeros con los que Daniel tenía que convivir. Y esa abuela-madre que tenía la tutela de Daniel enseguida nos las dio a conocer.

Los avatares de la vida habían tenido como resultado que Daniel y su hermana pequeña acabasen viviendo con los abuelos, que habían pasado toda su vida trabajando para sacar adelante a sus hijos sin demasiado éxito cuando la crisis, y el paro hicieron acto de presencia en sus vidas. Los dos se encontraban recién jubilados y dispuestos a disfrutar del sol de invierno en Las Canarias como millones de jubilados que deciden gastar sus pequeños ahorros de esta manera. Pero esta nueva maternidad más obligada que deseada dio al traste con esos planes.

Quizá porque las trabajadoras sociales tuvieron un momento de duda antes de entregarles a sus nietos, y quizá porque esa abuela con instinto materno percibió esa duda, se propuso hacer todo los posible para demostrar que, dadas las circunstancias, Daniel y su hermana donde mejor estaban era con ellos.

Preocupada de que Daniel llegase pronto al colegio, de que tuviera todo el material que le pedían; dispuesta a acudir en cualquier momento a las citas con “la señorita” como ella decía; alternando fruta y bocadillos para que las meriendas del recreo fueran siempre sanas; observando a los nuevos amigos con los que Daniel se juntaba, no fuera a ser que alguno se metiera con él y le hiciera sufrir, que la vida ya bastantes sufrimientos gratuitos le había dado; y, sobre todo, con los zapatos siempre limpios como si ese brillo fuera la mayor muestra del cuidado, el amor y la educación que la abuela de Daniel se sentía obligada a demostrar… por si acaso.

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¡Socorro, adolescentes!

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Mi padre ha vuelto

Se llama Manuel. Lo conocí el curso pasado cuando le di clase por primera vez. Se le veía despierto, rápido en las respuestas, con un aire de picardía propio de las personas que no lo han tenido todo, que no han estado sobreprotegidas, con pocas ganas de estudiar y menos aún de estar en el colegio.

La primera vez que le amenacé con llamar a sus padres por su comportamiento me contestó que iba a ser un poco difícil. Su padre se había marchado a buscar trabajo, y hacía dos años que no le veía; y su madre trabajaba en la hostelería y coincidía con ella el día que libraba. Manuel (y sus hermanos) pasaban la semana en casa de su abuela materna y compartían espacio con su tía, madre soltera de una niña de 3 años, su tío, un chico de 22 años sin trabajo y sin perspectiva de encontrarlo y el hermano menor de su abuela, un hombretón de más de 50 años con una pequeña discapacidad intelectual.

Con esa perspectiva no fue difícil imaginar que este curso volvería a encontrármelo de nuevo en el aula de 1.º de ESO, más alto, más pícaro y más impertinente. Sus compañeros, recién estrenados en la secundaria lo miraban con cierto aire de admiración temerosa. Y él, envuelto en ese halo de superioridad regalada, comentaba en voz alta: ¡qué infantiles sois!

En mi experiencia como docente a lo largo de los años he aprendido muchas cosas de la vida, pero una de las que más me ha llamado la atención es que hasta el alumno más macarra tiene ese lado tierno, donde hace acto de presencia su corazoncito y donde no hace falta fingir que todo te da igual. Porque por supuesto a ninguno de estos chicos y chicas le da igual todo, aunque sea eso lo que verbalicen.

Pues Manuel también tiene ese lado y lo demostró el día que se las ingenió, sin venir a cuento, para decirme que su padre había vuelto a casa. Creo que fue porque le regañé por no traer el material para trabajar en clase y entonces me contestó que en su casa había un poco de desorden porque su padre estaba haciendo algunas reformas. No sé muy bien qué suponía su padre para él, pero el caso es que a partir de ese momento su comportamiento empezó a cambiar. Quizá quería demostrar a su padre que había madurado en esos dos años en los que él no había estado, o soñaba con que su padre le felicitase por su comportamiento, o simplemente tenía miedo de que se volviese a marchar. Después del regreso cada día de clase Manuel hablaba de su padre: mi padre me ha dicho que tengo que aprobar todo, mi padre me ha castigado por no hacer los deberes, mi padre me ha traído una bicicleta, mi padre…

Así que yo decidí conocer a ese padre que había vuelto y había cambiado el mundo de Manuel. Y… lo conocí. Era joven, no creo que tuviese más de 30 o 35 años, tenía unos ojos grandes y vidriosos y olía a alcohol como si se hubiese pasado la mañana entera acodado en la barra de un bar; las manos hinchadas como los que han pasado parte de su vida trabajando en la construcción y las palabras entrecortadas como si se agolpasen en su cerebro y saliesen a borbotones.

Hablé con él intentando confiar en que un padre siempre es un padre y busca lo mejor para sus hijos y, sobre todo, recordando la mirada alegre de Manuel cuando me dijo: Mi padre ha vuelto.

No sé cómo acabará Manuel el curso, si conseguirá remontar la colección de suspensos que tiene, ni sé cuánto tiempo estará su padre en su casa, ni si volverá a desaparecer; no sé si la vida de Manuel será mejor por estar su padre aquí, pero sé que Manuel por un tiempo se está sintiendo un poco como los demás, con un padre que le regaña cuando cree que es necesario, que le habla de que hay que estudiar para ser alguien en la vida, que se sienta en el sofá a su lado para ver la tele y un padre que, sobre todo, ha vuelto.

Empezando

Esta primera entrada sirve para presentar este sencillo blog que empiezo con motivo de la realización de un curso de la UNED. Rescato algunas ideas, como el título, de otro blog que intenté llevar a cabo sin mucho conocimiento y que se quedó en el mar de internet por no saber volver a acceder. Creo que esta vez lo conseguiré. Es un espacio de reflexión sobre lo que ocurre en el día a día con los adolescentes en la escuela. Emociones a flor de piel, rebeldía, cuestionamientos vitales… llenan los espacios y las horas. Como profesores no nos queda otra que aprender a navegar junto a ellos para que el barco no vaya a la deriva.

Adolescentes, diversidad en la escuela

Adolescentes